viernes, 31 de octubre de 2008

La conducta de la Compañía Minera del Cerro de Pasco


DORA MAYER DE ZULEN

Ligada a la Asociación Pro-Indígena, Dora Mayer de Zulen, realizó una cerrada defensa de la vida y mejores condiciones de trabajo de los jorna¬leros de las minas del Cerro de Pasco. Su alegato constituye un documento importante que, aquí, publicamos sólo en parte.




El alegato escrito por Dora Mayer de Zulen, en 1913, con autorización de la Asociación Pro-Indígena, ha significado el auscultamiento más descar¬nado respecto de las condiciones de vida y trabajo durante la permanencia de La Cerro de Pasco Corporation. Aquí, publicamos sólo una parte con el propósito de alentar en los lectores del retorno a esta urgente fuente de consulta




La compañía minera del Cerro de Pasco, comenzó sus operaciones en el Perú en 1901. Por su magnitud, la empresa estaba designada a revo¬lucionar la vida industrial de este país. En primer lugar, los métodos primitivos que se emplearon hasta entonces en nuestra minería, fueron reemplazados por las grandes insta¬laciones mecánicas modernas y en segundo lugar, la propiedad nacio¬nal cedió el campo ante el empuje de los fuertes capitales extranjeros, que se invirtieron en adquirir terre¬nos metalíferos.

La empresa norteamerica¬na gastó más o menos 32 millones de soles antes de principiar a fundir.

Doce millones costó la compra de minas; ocho la instalación de la fundición; seis la construcción de los ferrocarriles a la Oroya y Goyllarisquizga, y otros seis la instala¬ción de las bombas, lumbreras, maquinarias y fortificación en las minas.

Los primeros procedimien¬tos de la Compañía fueron legales, ofreciéndose buenos precios a los dueños de las minas existentes, induciéndolos mediante propuestas tentadoras a enajenar sus propieda¬des, poco a poco, sin embargo, conforme se iba iniciando la Empresa en los secretos judiciales y políticos del país, resolvió aprovecharse de las debilidades que en este orden acusa, por desgracia, nuestro estado social, y entró de lleno en las vías del fraude, el cohecho y la violencia.

Nada tendríamos que decir de la fácil corrupción de los hom¬bres de negocios venidos aquí, si los pueblos anglo-sajones no se jactaran tanto de su superioridad moral sobre los sudamericanos; y partiesen del concepto de que, con proteger a sus conciudadanos, amparan la causa de la civilización y la moralidad.

Ningún argumento habla más en contra de la Compañía del Cerro de Pasco, que la inhumanidad de su conducta hacia los operarios indígenas que ocupa en sus labores. Expondremos en capítulos separa¬dos todos los puntos del régimen en que descansa esa colosal empresa, concluyendo con el tema de los accidentes y descuidos que es el más grave de todos, por el espan¬toso derroche de vidas que se reali¬za a la sombra de una irresponsabi¬lidad increíble de los gerentes del negocio.

Los trabajos que lleva a cabo la empresa se efectúan en tres lugares principales, es decir: en las minas del Cerro de Pasco, en la fundición, donde tiene sus oficinas principales, alrededor de la cual se ha formado un pueblo conocido con el nombre de "Srnelter" y en las minas de Goyllarisquizga.

El ferrocarril de la Oroya al Cerro de Pasco, de propiedad de la Compañía, fue abierto el tráfico en 1904 y tiene 82 millas de exten¬sión; el ramal a Goyllarisquizga mide 25 millas y los ramales desde la ciudad del Cerro de Pasco a las minas y a la fundición cubren 20 millas.

La Compañía posee 600 pertenencias en el Cerro de Pasco; 300 en Goyllarisquizga; otras minas adquiridas en Morococha, al lado de la línea del ferrocarril de Lima a la Oroya y la hacienda "Pana" en el Cerro de Pasco de 70,000 acres, dedicada a la industria lechera.

En 1908 había 590 hom¬bres empleados en el ferrocarril; 1600 en la fundición; 1,000 en las minas de plata y cobre; 1,500 en las minas de carbón.
Nos faltan datos exactos posteriores.

LA MANO DE OBRA
Cuando la Compañía norteamericana llegó al Perú, el jornal del operario de minas, pertene¬ciente casi exclusivamente a la raza aborigen, era para el peón de 60 a 90 centavos; para el barretero 1 sol 40 centavos, y para los mu¬chachos 40 centavos. Algunos ba¬rreteros trabajan no sólo a jornal sino por contrata, generalmente a quince soles por metro de avance, ganando en estos casos de 2 soles a 2 soles 50 centavos diarios, y aún algo más, bajo condiciones favo¬rables. En las minas del Perú se trabaja de noche y de día; regular mente el operario saca hasta nueve jornadas a la semana; puede con pequeños intervalos de descanso, que dedica a mascar coca, conser¬var sus tuerzas y trabajar 36 horas continuas; reposa 12, para volver a trabajar otras 39, y así sucesiva¬mente, durante los dos o tres me¬ses en los que aparece comprome¬tido a trabajar.

Los operarios se recluían entre los pobladores de la sierra, que viven entregados a la agricultu¬ra y son traídos a veces desde largas distancias. Se preguntará como se induce a estos hombres a abandonar sus pequeñas propiedades, que les dan el sustento, para ingresar a las labores penosas y mal retribuidas de las minas; Pues mediante el aliciente de una cantidad de dinero, que se les ofrece en forma de un adelanto, bajo la condición de que vayan a las minas a reintegrar el valor con su trabajo. Este proce¬dimiento se llama el enganche.

Hay veces que el indio necesita dinero, a pesar de su frugalidad, generalmente porque alguna persona de categoría superior lo ha explotado en su aldea natal. Algún acreedor despiadado apremia al indio; viene el agente de las grandes industrias que buscan brazos y pone a su disposición un adelanto de 50 a 160 y hasta 300 soles; lo hace firmar un contrato que sirve de instrumento para obligarlo a cum¬plir su nuevo compromiso y que le quita toda libertad mientras no se cancela la deuda con el patrón.

Hay un medio de prolon¬gar esta deuda hasta mucho más allá de sus límites naturales, ha¬ciendo descuentos en e! salario del trabajador por multas, gastos efectuados en las bodegas anexas a la negociación o introduciendo errores aritméticos en sus libretas.

No faltan operarios que habiendo sido contratados por un par de meses en una mina, no pueden moverse de ellas por un par de años o si salen alguna vez a visitar su tierra natal, tienen que regresar a cancelar su cuenta, porque la autoridad pública secunda a los empresarios en su reclamación, por doquiera que el operario demanda¬do se encuentre.

La Cerro de Pasco Mining Co. atrajo a su centro una multitud de operarios, subiendo la tasa ínfi¬ma del jornal que regía entonces, a un sol 50 centavos, pero no tardó en asociarse a los métodos de explo¬tación que acabamos de describir, y que constituyen el sistema de escla¬vitud por deuda, tan conocido de las personas en países como Ingla¬terra que se interesan por la suerte de las razas oprimidas.

LA SITUACIÓN ECONÓMICA DE LA COMPAÑÍA
El único impuesto que pesa sobre las empresas mineras es la contribución semestral de 15 so¬les por pertenencia minera, que tiene las dimensiones de un rectán¬gulo de 200 por 100 metros.

Igualmente, la importación de maquinarias, así como la de enseres y herramientas, con destino a la minería, está exenta de pago de derechos aduaneros, lo mismo que el carbón, la madera, la dinamita, azogue y todo el material necesario para la construcción y explotación de vías férreas.

Después de los grandes gas¬tos de instalación que tuvo que ha¬cer la Empresa del Cerro de Pasco; el rendimiento del cobre de sus minas era ya en 1906 de 15,000 toneladas al año. Con las nuevas mejoras en la fundición que se hicieron en 1908 se duplicó todavía ese maravilloso poder de produc¬ción, calculándose que alcanzaría.

Las hulleras de Goyllarisquizga, que proveen de combustible a la fundición del Cerro, rendían en 1906 quinientas toneladas diarias de carbón y ya en 1908 su produc¬to había aumentado a 800 tonela¬das diarias.

He aquí el provecho enor¬me que realiza la Compañía Nortea¬mericana del Cerro de Pasco, que no está menguado por gravamen ninguno digno de mención. Agre¬guemos a los privilegios que otor¬gan a la industria minera las leyes del país, la baratura fabulosa de la mano de obra, y estaríamos justi¬ficados en creer que las ventajas eran bastante para la ambición del empresario más avariento. Sin em¬bargo, el ser humano que se encuen¬tra en el camino del lucro desvergonzado, no se da por satisfecho ni con un exceso de éxito.

MINANDO EL SUBSUELO
Sin duda la más grave desconsideración de que se hace culpable la Empresa contra el vecindario en que se halla radicada, es la manera temeraria como condu¬ce los trabajadores del subsuelo, sin levantar las obras de fortifica¬ción necesarias, de manera que amenazan ruina los principales barrios de la ciudad.

En un número del "Eco de Junín" de mayo de 1909 leemos: "Las regiones de Peña Blanca y Noruega, las calles del Márquez, Lima, Santa Rosa, Piura, Cajamarca, Huancavelica y Huancayo están próximas a desaparecer de un mo¬mento a otro. La mayor parte de sus edificios presentan grietas de consideración y asimismo la super¬ficie del suelo; muchos de sus inquilinos han abandonado del todo sus casas, por no exponerse a una muerte trágica y violenta. Ya en las cercanías de la mina "Peregrina" se derrumbó un rancho, sepultando bajo sus escombros a dos pobres hombres. Las casas, propiedad res¬pectivamente de Ceferino Malpartida y Cosme Gallo, que están a inmediaciones del rancho menciona¬do, amenazan ruina, habiéndolas abandonado del todo sus inquilinos. Sabemos que sus dueños se han presentado a la Cerro de Pasco Mining Co., a reclamar el valor de sus propiedades, siendo la respuesta que les dieron los jefes de la empresa que "por qué habían fabricado sobre sus minas".

Jamás en la época anterior a la venida de los americanos, en que se trabajaban centenares de minas, se produjo un solo caso de derrumbamiento en la ciudad, por las precauciones que tomaban los mineros de no vaciar la parte alta donde descansan los edificios.

Las galerías principales de las minas del Cerro de Pasco, que tienen hasta 1,300 metros de exten¬sión, están bien trabajadas, ilumi¬nadas con luz eléctrica y protegidas por maderas de 12 por 12 pulgadas, procedentes de los Estados Unidos. Son estas obras las que se enseñan a los turistas, que propagan la fama de la colosal instalación norteame¬ricana, y no las labores secundarias donde se hallan internadas las cuadrillas que están expuestas a ser sepultadas vivas.

El nivel más bajo alcanza¬do en las minas del Cerro de Pasco es de más de 400 pies.

En agosto de 1911, presen¬tó la Compañía al Gobierno un proyecto para el traslado de la po¬blación del Cerro a Pasco a un lugar alejado de las minas, aparentando ceder para el caso un terreno, que ni siquiera le pertenece y que, según afirmaciones fidedignas, es com¬pletamente accidentado y anti¬higiénico.

Los dueños de los terrenos situados en la zona hecha peligrosa por las explotaciones mineras no tienen por que perder el valor de sus propiedades en beneficio de una empresa que sólo busca el mo¬do de expulsarlos de la localidad sin pagarles una indemnización equitativa.

Un grupo de ciudadanos cerreños formó en estos últimos años una nueva población, llamada Alto Perú, de 600 habitantes apro¬ximadamente, a corta distancia del Pueblo de "Smelter", constituido al rededor de la gran fundición de los norteamericanos. Temerosa la Empresa de que los comerciantes del Alto Perú harían una compe¬tencia apreciable a la bodega la "Mercantile", se propusieron aislar ese pueblo del suyo, separando ambos por medio de un muro de 8 pies de altura, cerrado total¬mente en toda su extensa longitud; y con una fosa profunda al pie, que impediría todo acceso en esa dirección. A más del muro debía correr un alto cerco de alambres de púas alrededor de toda la villa de Smelter, con una que otra puerta que se mantendría severa¬mente vigilada, a fin de que los empleados y operarios de la Minig Co., que pasan de 2,000 hombres, no puedan comprar ni un centavo de pan en el Alto Perú.

El Alto Perú es el lugar fun¬dado espontáneamente para reem¬plazar a la ciudad del Cerro de Pasco, condenada a perecer en un día más o menos lejano en un derrumbe causado por las labores mineras. A esta población naciente fruto de los ahorros de algunos empleados industriosos de la Em¬presa Norteamericana, se les quiere asfixiar, porque la Compañía persi¬gue el reingreso a sus áreas del dinero invertido en el jornal de sus operarios, obligando a estos a pro¬veerse en cuanto se requiere para la existencia, dentro del círculo de hierro en que los comprime. La Compañía quiere decir algún día que ha regresado a los Estados Unidos con todo el fabuloso botín del Cerro de Pasco, sin haber dejado un centavo en el país que le dio fortuna. Ruinas, muerte, desola¬ción, miseria, recuerdo de malos tratos, será su única prenda de recuerdo.

Otro punto digno de men¬ción es el peligro de los explosivos a que la Compañía expone temera¬riamente al vecindario.

En septiembre de 1909, por ejemplo, se instaló un depósito de dinamita en el lugar llamado Yanacancha, próximo a la lumbre¬ra "El Diamante".

Yanacancha no es sino una parte de la población de Cerro de Pasco, en el que se encuentran el templo de su nombre, muchas casas antiguas, y un barrio nuevo, hacia el camino a Huánuco, en el que se construían fincas en esa época, siendo todo el área bastan¬te poblada sin tomar en cuenta los operarios y empleados que trabajan en la lumbrera citada, cuyo número excedía de 200 personas.

Por mucho que se hayan adoptado medidas de seguridad para el establecimiento de ese depósito, la amenaza era inmi¬nente para toda la ciudad de la que no habrían quedado huellas en caso de una explosión. La po¬sibilidad de que una de las descargas eléctricas, tan frecuentes en los lugares de la Sierra, causara la explosión de la dinamita, hacía más imperiosa la urgencia de trasladar tales depósitos a sitios distantes, cuatro o cinco kiló¬metros, por lo menos, del Cerro de Pasco.